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Espera

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ESPERA
Podría haber llovido, y la verdad era que a Sofía le hubiera dado lo mismo. En verdad hacía rato que todo le daba absolutamente lo mismo. llevaba mucho rato ahí parada, en la esquina de Mac Iver con la Alameda. Una esquina concurrida, con personas que entran y salen de la Biblioteca Nacional, además de otros que caminan presurosos por al estrecha acera, flanqueada de locales especializados en artículos ópticos.
Podría haber estado soleado, y la verdad era que a Sofía le hubiera dado lo mismo. Después de quince minutos esperando ahí, moviéndose solo un poquito, no fuera a ser que no la reconociera. Hacía mucho tiempo que no se veían. Y había tanta gente, que era muy probable que si se movía demasiado lejos de la esquina, iban a pensar que ella no había ido a la cita.


Podría haber nevado, y la verdad era que a Sofía le hubiera dado lo mismo. Pero el día no estaba ni soleado, ni lluvioso, ni tampoco nevaba. Ni siquiera corría viento. Solo estaba muy nublado, pero no estaba frío. Hacía calor. Mucho calor, un calor sofocante. Pero no había sol. No, no lo había. Solo estaba el cielo nublado. Muy cerrado. Podría haber llovido. Pero la verdad era que a Sofía le hubiera dado lo mismo.
Hacía 15 minutos y 45 segundos que estaba parada en aquella esquina. Roberto había dicho que iba a llegar a las siete. Pero ya eran las siete y diez, y ni rastros de él. Se paseó solo un poquito. No quería alejarse demasiado de su posición, no fuera a pasar que no la viera, y se fuera, y la dejara ahí esperando, para siempre. Porque ella podría esperarlo por siempre. Aunque lloviera, nevase, o aunque saliera el sol. incluso si saliera la luna y las estrellas. Ella no se iría de ahí hasta que lo volviera a ver.


Recordó su voz en el teléfono. Tan suave. Como siempre. había dicho que tenía muchas cosas que contarle.
Ansiaba escuchar todas esas cosas de sus labios. Si. Esperaría. Aunque tuviera que esperar muchos quince minutos más.
Podría haber llovido, y la verdad era que a Sofía le hubiera dado lo mismo. En verdad hacía rato que todo le daba absolutamente lo mismo. Para ser más precisos hacía casi tres años. Hacía tres años en que todo había pasado. Aquel
incidente como solía llamarlo Bruno. Para Bruno era tan solo un incidente. Sí, así. sin comillas, sin mayúsculas. Era solo un incidente, como quien habla de algo sin importancia. Como cuando uno se da cuenta que le ha dado un pequeño topón al auto. Eso había sido todo para Bruno, solo un incidente. Pero, para ella. Para ella era mucho más que un simple incidente. había sido el hecho que había cambiado su vida. había sido el hecho que había convertido la lluvia y el sol en lo mismo.


Demasiado gente transitaba por Mac Iver aquella tarde. La gente ya había salido del trabajo, se dirigían raudos a sus casas en la periferia. Parecían hormigas. una de esas hormigas debería ser Roberto. Pero no. Podría haber llovido, y quizás la lluvia lo traería de vuelta a mi pensó Sofía. Pero no llovía, no hacía sol. Simplemente era un día nublado más en Santiago. Uno de esos días nublados en los que hay apenas viento. En los que hace mucho calor. Un calor sofocante.
Y Sofía. Sofía se quedaba ahí parada esperando que Roberto llegara. Quizás si lloviera ya no le daría lo mismo.
Y cayó una gota, luego otra y luego otra.
Drip, drip, drip. Una paloma se echó al vuelo. Drip, drip, drip.
Sofía pensó en esconderse debajo de alguna marquesina. Pero no. Solo eran algunas gotas. Y ella ya llevaba tanto tiempo ahí esperando que unas pocas gotas de agua no iban a terminar con su espera. Roberto debería estar por llegar. Quizás estaba en el Metro, bajándose ahí en la estación Santa Lucia. O quizás ella se había equivocado de lugar, y no era ahí en donde se iban a juntar. Quizás dijo en el paseo Ahumada. O Peor aún, en Paseo Huérfanos. No, estaba segura, le dijo en Mac Iver con la Alameda, en la vereda donde están las ópticas…
Y ahí estaba ella, esperando.

Llevaba alrededor de 20 minutos. Ya había perdido la cuenta de cuantos minutos exactos llevaba ahí. Las gotas de aguas comenzaron a caer con mayor intensidad. Drip,drip, drip. Se levantó un poco de viento. Solo un poco. la gente que caminaba a su alrededor apuró el paso. Ya habían encendido las luces eléctricas. Apenas quedaba un vestigio de luz natural en el cielo. Y el agua caía, sin fuerza, pero si con intensidad. Drip, drip, drip.
Sofía sintió que su cabello se humedecía, de hecho, algunas gotas caían por su pálida cara, paso una mano pequeña, de uñas bien cuidadas, por su negro pelo, para apartar un poco las gotas que lo mojaban. Al parecer era mejor que se resguardara de la lluvia en algún lugar. Miró para todos lados con sus ojos grandes, negros, de largas pestañas y escasos de cejas. Se decidió por la entrada de una galería. Ahí seguiría viendo quien iba y venía. Se apresuró, y se reprendió mentalmente el no haber llevado una chaqueta o algo más abrigador.

-Pero es que hacía tanto calor…- murmuró con voz algo ronca. Casi gutural.
-Por favor mamita, una ayudita…-el mendigo, sucio y maloliente le tendió la mano. En su cara había una mirada desesperada. El rostro estaba arrugado, pero sin cicatrices. ´Los ojos azules estaban ahí mirándola a ella, con desesperación. El mendigo se agarró de la pretina de su polera, desesperado. Sofía lo miró, fascinada por los rasgos del mendigo.
-¿Bruno?- Preguntó con un hilo de voz. Sus ojos negros se opacaron. El cambio fue patente. El indigente la miró con horror, y se fue, rápido y se perdió entre la gente.
Respiró profundo. Los ojos volvieron a adquirir brillo. Sonrío y volvió el curso de sus pensamientos hacía Roberto. Como si aquel indigente con los ojos de Bruno nunca hubiera estado ahí.
Sintió la vibración su cartera de cuero blanco. Se desesperó. Quizás Roberto no iba. Quizás era para avisarle que había tenido un imprevisto y que se juntaran otro día… No, no iba a abrir la cartera. la vibración paró. Pero volvió. Se dio fuerzas, y abrió su cartera y busco su celular dentro de ella. Lo sacó con un movimiento nervioso. Miró quien llamaba:

BRUNO.


Tiró el teléfono dentro de la cartera. Los ojos azules, la desesperación, la expresión de dolor intenso en los ojos. la expresión de…
-¡No!- Un grito amortiguado por su mano.
La lluvia ahora caía más fuerte.
Drip, drip, drip. Un cigarro, quería un cigarro. Volvió abrir el bolso, hurgó un minuto o dos, hasta convencerse que no le quedaba ninguno. Atravesó la calle rápidamente, casi corriendo. Le daba lo mismo mojarse, pero no quería estar muy lejos de su sitio. Quizás si Roberto no la veía ahí, el pensaría que ella se había ido. o quizás -que horrible- pensaría que ella nunca había ido. había bastante gente en el kiosco comprando.
El joven casi corría por Mac Iver, tropezó con una mujer de delantal blanco a la salida de una óptica. Se había atrasado. Pero el trabajo era demasiado. Su pelo castaño estaba empapado. Había pensado en comprar un paraguas. No quería mojarse, no quería que Sofía viera lo que el tiempo había hecho con él. Hacía tanto tiempo que no se veían. Llegó a la esquina pactado, pero no la vio allí. Quizás con la lluvia, se había ido. Y él se había demorado tanto en llegar.
Y cada vez llovía más fuerte. El agua corría por las aceras. Y él se estaba mojando. ¡Que lata!, pensó con hastío. Pero se había atrasado, y ahora no sabía si Sofía había venido o no. No sabía si se había ido a casa, o si había buscado algún lugar para guarecerse de la lluvia. Quizás, hasta había ido a comprar un paraguas.
Sacó su celular de su bolsillo de la camisa blanca -inmaculada- y marcó. Se lo puso en la oreja.
Espera.


“Su mensaje será transferido a un buzón de voz…”
-Sofía, ¿Dónde diablos te metiste?. llámame por fa.-Había algo de súplica en la voz del muchacho. La verdad es que necesitaba verla, lo necesitaba con urgencia. Era ella. Ella la única que podía ayudarlo. Tenían tantas cosas inconclusas los dos. Y se conocían desde hacía tanto tiempo ya. Pero hacía mucho que no se veían. Pero ya es tiempo. Ahora era el momento correcto…
Pero él lo había arruinado llegando tarde.
Hacía tiempo que se conocían. Aquel día, cuando en 1995 se convirtió en el nuevo del curso. Iba en primero medio, colegio nuevo, compañeros nuevos. Y ahí estaba Sofía. Con su pelo negrisímo, peinadisima, muy ordenada. Sin tomar en cuenta a nadie, solo a su compañero de banco. Aquel chico de ojos azules, muy azules. Bruno.
Se hicieron amigos, los tres, rápidamente. Iban al cine, salían a tomar helados. Pero en algún minuto, se comenzaron a separar. Y cuando salieron de cuarto medio, apenas si sintieron la partida del otro. hasta que se re-encontraron, un par de años más tarde. Él y Bruno. En un bar, se tomaron un par de Vodkas Tónicas juntos, se rieron. Bruno insistió que había que buscar a Sofía. Juntarse los tres. Lo hicieron y se volvieron inseparables los tres. De nuevo. Fue como reencontrarse con la familia. Y al parecer a todos les pasó lo mismo.


Pero, comenzaron los problemas, él y Bruno comenzaron a tomar distancia. Y todo, por culpa de Sofía. No, culparla a ella sería injusto. Ella no tenía la culpa, habían sido él y Bruno. Ellos habían comenzado con todo, pero había sido Sofía la que ´lo había terminado.
Necesitaba verla. Ella tenía las respuestas que necesitaba. Quizás un abrazo de ella le haría bien. O recostarse en su regazo y dejar que los suaves dedos de la muchacha jugaran con su pelo… mientras Bruno la abrazaba por la cintura, todos reían eran tan felices.
Y la lluvia seguía cayendo. Cada vez más fuerte, el ruido que hacía en los techos era casi infernal. Molesto. Pero él esperaría un par de minutos más. O quizá media hora más. Necesitaba verla, lo necesitaba con toda su alma. Lo necesitaba con desesperación.
Y la vio, allí parada, con un cigarro en la mano, empapada. Esperando para cruzar la calle. Ella también lo había visto. Lo veía en su expresión, una mezcla de felicidad y miedo. Sofía cruzó, sin apurar el paso. Roberto se adelanto, y se encontraron. Ambos se sonrieron, con la mirada fija en los ojos del otro. Con la expresión que la gente pone cuando se re-encuentra con alguien importante.
-Hola- la voz ronca de Sofía estaba echa un susurro.
-Hola, tanto tiempo…
A pesar de todo, el saludo fue frío.
Y decidieron caminar un poco,a algún lugar en donde pudieran tomar un café, charlar un poco, comer un sándwich. Lo que fuera.


-¿por qué no vamos a un pequeño lugar que hay en Plaza Italia?- la voz de Sofía se había dulcificado un poco. Pero solo un poco. Seguía siendo un poco ronca, algo rasposa.
-No creo que sea una buena idea, está lloviendo mucho, y estás tan desabrigada…
-Okey…
Y caminaron bajo la lluvia, en silencio. Un relámpago y luego un trueno. Sofía se detuvo asustada. Un transeúnte la empujó, la dulzura de los ojos de ella desapareció. Un pequeño chispazo de odio apareció en su mirada. Pero todo volvió a la normalidad, fue casi imperceptible. Roberto estaba a su lado. Siguieron caminando.
La calle estaba iluminada ya. La noche había caído. Las pocas personas que caminaban por las calles del centro lo hacían de manera apresurada, apenas mirando a Sofía, que estaba empapada.
Sin darse cuenta, ambos estaban sentados en una mesa de Starbucks, esperando por sus Cafelatte.
-Ha pasado mucho tiempo…
-Si, harto. Deberíamos habernos juntado antes…
-No sé…
-Sí, quizás ahora era el momento justo…

Ambos se callaron, y se quedaron mirando a los ojos. Afuera, la lluvia seguía cayendo, sin parar, y parecía que cada vez caía más fuerte. Dentro del café, la calefacción estaba encendida. Las ropas de Sofía y Roberto ya se habían secado, y ambos tenían las mejillas sonrosadas. De hecho, ambos estaban ya un poco sofocados. Por eso, ambos miraron por el ventanal y vieron como todo el mundo estaba mojandose y hundiéndose allá afuera…
Roberto la sorprendió al levantarse de repente. Él se dirigió al mostrador y retiró los dos Cafelatte que le tendía un rubia muchacha con una sonrisa.
-No me di cuenta cuando te habías parado… pensé que te habías ido… -dijo Sofía en un hilo de voz.
-¿Por qué habría de haberme ido?
-Por lo de Bruno… - Roberto la miró con los ojos sorprendidos mientras revolvía su café- yo siempre te quise más… siempre te amé más a ti que a él…
Roberto la miró fijamente. Pero la verdad es que no la estaba mirando a ella. Simplemente estaba recordando. Recordando las salidas de los tres, cuando los tres compartían una gran copa de helado o cuando los tres compartían la cama de Bruno, las caricias de todos y los besos. Aquellos tiempos, habían sido los mejores en su vida. Pero todo se había arruinado. Sí, cada uno había tomado las decisiones erradas. Ya no eran más los tres juntos. Estaban separados, cada uno pensando en si mismo.

-Lastima que tu no me amaras tanto…
-No digas eso Sofía.
Y Sofía cerro los ojos mientras aspiraba el aroma de su café. A veces recordar el pasado le dolía. nunca hablaba de él con Bruno. Por supuesto que no, ninguno de ellos lo mencionaba. Como tampoco mencionaban el incidente. Ambos hacían como si nada hubiera pasado. Nunca habían tenido una relación de a tres. Bruno y ella, siempre habían sido los dos. Nunca había existido Roberto…
-Si Bruno supiera que me he reunido contigo…-la mirada de Roberto la hizo callar.
-Perdón, ¿Qué dices? -la voz de Roberto Sonaba agitada.
-Nada, solo pensaba en voz alta…
Si Bruno supiera… Roberto no podía creer que Sofía hubiera mencionado aquellas palabra. Miro por la ventana, y se dio cuenta que la lluvia había dado paso a una densa niebla. Apenas si se podía ver hacía afuera. El aire dentro del café se había tornado viciado. Se sentía asfixiado, hubiera querido abrir la puerta y escapar. Pero el estaba ahí para saber la verdad. Necesitaba saberla…
-Salgamos, ya no está lloviendo, y el aire acá dentro me está sofocando
Sofía asintió.


Salieron, el aire frío les golpeo el rostro. la neblina que cubría la ciudad era densa. Apenas si había gente en las calles, solo uno que otro auto pasaba. Las calles solitarias iluminadas por los neones de los locales comerciales, ya cerrados, se veían borrosos.
Caminaban en silencio. Uno al lado del otro. Sofía deslizó su mano por entre la mano de Roberto. Pararon en medio de una calle y se besaron. Un beso algo frío, maquinal. Siguieron caminando. Ambos con el semblante decaído. De repente Sofía comenzó a hablar, con su voz gutural. Miraba el horizonte. Era como si hablara para ella sola.
-Después que te fuiste, las cosas no andubieron nunca tan bien como cuando estábamos los tres juntos. Bruno se convirtió en una persona desconocida para mi. Casi no me dejaba tener amigos. Decía que yo era solo de él. Ni siquiera mencionaba tu nombre, cuando yo lo hacía el se enojaba y me hacía callar. Aunque el último tiempo él se hacía el desentendido… - dejó de hablar, miró a Roberto con algo de rabia - tú nunca me habrías elegido a mi, ¿cierto?
- Cierto - asintió Roberto en voz baja.

Estaban cruzando Ismael Valdes Vergara, ahí donde esta el Puente la Paz. Pararon en el parque que hay en medio.
-Pero yo te amaba tanto- dijo Sofía, con algunas lágrimas en los ojos-… y tu solo amabas a Bruno… que error más grande cometiste… Pero Bruno me ama. Me ama como nunca nadie me ha amado…
Roberto la tomó en sus brazos y la zamarreo con furia.
-¡Deja de hablar de Bruno como si estuviera vivo!…
-¡Pero si lo está!, ¡Lo está!… ¡le oculté que me iba a juntar contigo, sino él se habría puesto furioso, me hubiera pegado! -Sofía estaba fuera de sí- … ¡Me llamó por teléfono!¡mira! -sacó su celular de la cartera, y desesperada empezó a buscar la llamada perdida de Bruno. Pero no había nada. Desesperada lanzó el celular lejos. Pero más desesperada se tapó la cara con las manos y soltó un fuerte grito.
-¡YO FUI!, ¡YO LO MATÉ, YO FUI!
Y soltándose de los brazos de Roberto cruzó la calle, esquivando los autos que allí había, esquivando la gente. Ya no había neblina, parecía que el centro se hubiera vuelto a llenar de personas que caminaban apresuradas de un lado a otro. Así que todo lo que sucedió fue visible para Roberto desde el lugar en el que se encontraba.
Tomando impulso, Sofía saltó la baranda del puente y se lanzó al río. La espera había terminado.



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